¿Por qué termino siempre por abandonar a mi pareja?

No es fácil encontrar una pareja afín, y cuando la conseguimos, podemos experimentar entonces miles de reacciones en todo nuestro ser. Nos aventuramos en un universo de sensaciones novedosas, volamos por la galaxia llenos de emociones y sentimientos. Nos sentimos vivos en una sensación de estar completos, y crece la expectativa de que todo lo enredado en nuestra vida se va a enderezar.

Sin embargo, muchos nunca dejan de descifrar quiénes son, sus formas de pensar, de sentir y de actuar. Esta es una búsqueda inútil mientras pasa el tiempo y la pérdida de múltiples afectos, porque para dar con esto se hace necesario mirar las áreas negadas de sí mismo y hacer un exhaustivo trabajo de restauración en la conexión de las relaciones que se perdieron desde la infancia. Experiencias donde la persona ha sido abandonada una y otra vez, donde aquellos que debieron estar como base de su desarrollo emocional se mantuvieron ausentes en muchas formas.

 

 

Paradójicamente, se hace importante tomar el riesgo de entregarse a través de las relaciones amorosas.

Esta paradoja se centra en el “enorme deseo de encontrar y establecerse con una pareja; y al mismo tiempo esta persona en su alma ha entendido al amor como sinónimo de abandono”. De hecho, en muchos de estos casos, las personas afirman que pese a sus mejores esfuerzos e intenciones, se encontraron una y otra vez con los mismos problemas.

Estamos hablando entonces de inmadurez en el aspecto emocional, porque son situaciones vividas donde las necesidades de efecto no fueron satisfechas, quedando abiertas en espera de satisfacción. Y así, esas heridas siguen intactas, expectantes desde el primer episodio.

En las situaciones sin resolver, al estar en contacto con características similares a su historia, la persona lo siente como agresión (con su componente acompañante que es el miedo).

Entonces revive su experiencia de miedo a la pérdida del amor parental, al rechazo o al abandono, convirtiéndolo en un miedo existencial, el cual se presenta con ansiedad por una presión que se vive frente a una amenaza real o imaginaria. Pero que como todos los miedos, esta ansiedad aparece para regular la respuesta fisiológica de huida, de lucha o de parálisis y sin tener conciencia de ello, ya que son respuestas automáticas del organismo, pero en el tema que nos ocupa, la huida puede partir de la evasión inconsciente o de una sabia retirada a tiempo.

Otra respuesta a este “porqué” se ha experimentado desde el punto de vista Sistémico, por ejemplo a través de las Constelaciones Familiares, donde se ha visto que muchas de las experiencias en la vida de una persona están relacionadas con algún hecho trágico o de importancia ocurrido en la historia familiar.

Desde esta perspectiva, la familia es guiada por una especie de Gran Alma, a través de la cual cada uno de los miembros se conecta entre sí, produciendo a veces embrollos generacionales a través del tiempo para tratar de lograr un equilibrio en el derecho a la pertenencia: Padres, hijos, abuelos, ex parejas, víctimas y victimarios son algunos de los más relevantes portadores de esta información transgeneracional que es trascendental en el destino de cada individuo.

Así, cuando a alguien se le niega su derecho a la pertenencia (y se generan los excluidos), de alguna manera el sistema se altera y (el alma) trata de restituir el orden trastocado. Los individuos asumen entonces roles que no le corresponden, como una forma de llenar los espacios vacíos. Y esto produce más desorden dentro de la familia. Y como esto generalmente se presenta de las formas más insospechadas e inadecuadas, se hace necesaria la intervención de un terapeuta calificado para restablecer los nexos y devolver el orden al sistema.

En el tema que nos ocupa, por ejemplo, las parejas anteriores de padres o abuelos pueden ser determinantes. Si alguno de ellos, por ejemplo, tuvo una pareja antes que los hijos o el matrimonio, y fue excluida por algún motivo, entonces es posible que las generaciones posteriores luego representen a esta persona excluida, comportándose del mismo modo que él o ella.

De esta manera, el “alma” común de la familia trata de “reacomodar” sus piezas. Se busca un nuevo orden que restablezca el funcionamiento completo del sistema. Puede tratarse del resarcimiento de alguna injusticia. Algunos siguen el destino trágico de algún excluido. Es el precio que a veces se paga inconscientemente por restablecer el equilibrio, el orden y el amor. Todos permanecen sujetos y expuestos a la influencia de esta alma familiar, muchas veces sin saber nada de este proceso ni haber conocido a los protagonistas.

Así, por ejemplo, los hijos repiten -en sus relaciones de pareja- cosas y casos similares a las que ocurrían con las parejas anteriores de sus padres o abuelos. No hay manera de corregir este entuerto hasta que se logre mirarlo, trabajarlo y devolverle el lugar que le corresponde a la persona que quedó excluida.

Es conveniente sobre todo estar muy consciente de los tabúes y lo que ha permanecido oculto en la familia. Si la vida es una escuela, las relaciones de pareja son la universidad, porque nos allanan o nos entorpecen el camino para retomar nuestra totalidad. Corregir las distorsiones adquiridas de las personas que nos precedieron y nos acompañaron en la niñez y otras etapas constituye el proceso de socialización y es el camino a la madurez.

Todos tenemos el anhelo de volver a sentirnos completos, vivos. No es fácil, pero tampoco imposible. El desamor y las heridas son solo el resultado de necesidades insatisfechas. Y el objetivo es hacernos cada día más conscientes y responsables para poder afrontar los retos de la existencia con una mayor libertad y felicidad.

 

Publicado por El Mismo Pais