El drama de la mujer venezolana: sus hijos se le van

Traemos a nuestros hijos al mundo para que vivan, para que estén vivos. De modo que es difícil vivir con el miedo, con el cual nos quieren someter, a ese terror diario a que salga y no regrese más, porque te lo mataron, en medio de tanta indiferencia e impunidad, por apenas un teléfono, un par de zapatos, o simplemente porque es hermoso y alguien más le molestó…

No me atrevo ni a mencionar a aquellas madres que ya los perdieron en manos asesinas, ni aquellas que los tienen en las cárceles inhumanas de este país sin saber ni siquiera qué clase de “justicia” les va a tocar. A todo esto le podemos sumar el problema con los dólares, la inflación y los problemas de transporte para los que se van al exterior y los que se quedan: es el dolor diario de nuestros seres queridos.

Vivir en este hermoso y amado país, lleno de riquezas, y verlo sin embargo, sumido paradójicamente en la más fea de las pobrezas, en un total abandono y en un saqueo permanente por las manos más inescrupulosas… Observar cómo es sometido a las más bajas influencias y mirarlo hundido en la más profunda ignorancia, humillado en un engaño diario… Es una gran dicotomía para quienes aún arropamos esperanzas de salir de esta noche oscura del alma que vive Venezuela. Así que la migración en Venezuela es un asunto de supervivencia.

Como madre, como ustedes, no solo quiero, sino que necesito que mi hijo esté en el mejor y más seguro ambiente, donde tenga las mejores oportunidades de desarrollarse y realizar sus sueños y su vida, pero al mismo tiempo es saber que a lo que has entregado tu mayor y mejor esfuerzo está lejos de ti, que no vas a compartir diariamente con él y mucho menos con su futura familia y ni hablar de los posibles nietos.

A mi consulta llegan a diario madres de esta vivencia, de esta ruptura familiar, las veo llegar con la herida de cada hijo que emigró, o que su vuelo fue hacia el cielo junto a Papá Dios, dispuestas a dejar que el tiempo llene sus cabezas de canas con la energía de una sombra gris llena de dolor, gastando sus años y resignada a vivir de las fotos que envían, escuchar la voz en la distancia, llenas de recuerdos sin poder tocar el consuelo mientras que el latido de su vida se hace lento desde su alma hecha tirones, mientras su piel se llena de arrugas. Día a día la espera, la soledad y la resignación. Sobre todo para aquellas que no tienen pareja.

Y sí, hay que hacer el duelo, retomar la vida o inventarse una nueva.

Para nuestros hijos, el saber que estamos bien, que tenemos una vida, que es cierto que los extrañamos, pero que tenemos una vida, es la mejor forma de terminar nuestra misión.

Aquí no juega que la madre tenga cosas que hacer, ni que se ocupe de ella como persona, porque a partir de allí, su relación con su hijo será la de ver lo amado a través de la vitrina, que gracias a Dios y la tecnología, tenemos hoy, pero vitrina al fin, no tocar, no abrazos, no besar, solo la esperanza, en casos afortunados, de reunir un dinerito para volar a estar y respirar cada segundo del encuentro. Pero es que ni eso ya podemos hacer…

Por lo general, cuando los hijos se van de la casa, hay mucha menos participación de los padres en la vida más cercana a ellos. ¡Así corresponde al ciclo normal de la vida en familia! Es decir, el famoso “nido vacío”.

Nuestra misión como padres es enseñarles a volar, es lo más hermoso mirarlos independientes volando con sus propias alas. Muchos dicen que son prestados y sí, no los contradigo, es verdad.

Sin embargo, ver migrar a nuestros hijos como una medida de supervivencia, no es lo mismo que el ciclo normal del nido vacío.

La diferencia con la migración es que tiene consecuencias tanto en el que se va como en el que se queda, porque la manera de salir del hogar suma muchas más aflicciones al duelo normal del ciclo familiar, ya que las oportunidades de reunirse son menos probables, pérdidas importantes, sobre todo si se está consciente de que el tiempo es lo único que no se recupera, me refiero a las comidas en familia, nacimientos, cumpleaños, Navidades, entre otros.

Si hubiese alguien que tomara fotografías en la puerta de despedida de los aeropuertos de nuestro país, tendría una gran colección de estatuas en la misma postura pero con diferentes cuerpos y expresiones. Esa estatua entre el ver y no creer lo que le está pasando. Variedad de estatuas gigantes con las muecas de necesitar creer en un “le irá mejor, va a poder comer y desarrollarse” como consuelo mientras la despedida dolorosa de sus hijos que emigran y la separación inminente de aquel primer momento en que en la cama de parto al nacer se lo pusieron en su pecho y cada uno conectó su alma para siempre.

Es el dolor de arrancar a tirones esa unión, desgarrando de un jalón el alma de ambos al ver cómo se cierra la puerta de la despedida, el o ella van hacia la vida cargando su mochila, viendo la vida venir, mientras del otro lado de la puerta ya cerrada, queda el silencio de quien no regañará al que le ensuciaba la mesa, le dejaba la cama sin tender… Pasa por su cabeza hacia dónde irá su esfuerzo, termina su trabajo para que sus hijos tengan todo, para quien trabajará, qué hará ahora con su tiempo… la soledad, mientras llena de recuerdos ve la vida pasar.

Hay otras fotos que se sumarían a las estatuas de nuestros aeropuertos, las de esos padres gigantes, los abuelos, ver las lágrimas de una viejita de 80 años despedirse de su único nieto diciendo “no lo volveré a ver, soy muy vieja”… Cada lágrima clama justicia, pero ni para esto parece haber misericordia. Ya no son solo sus medicinas, sus comidas, sus salidas a caminar que ya no hay (es peligroso), sino que lo que les mantiene vivos, también le es arrebatado después de haber entregado su vida a los suyos.

Así, que obediente a mi Dios, bendigo a los responsables de esta realidad que nos abruma, los pongo en sus manos.

 

Publicado por El Mismo Pais