Me deprime mi país: ¿Será que me acostumbré al dolor?

Tenemos sólo una ventana a la vida de cada persona, pero nunca se sabe lo que realmente hay en el interior. Podemos aproximarnos por sus síntomas, y aún así, la experiencia de cada quien le es propia y pertenece a una “tierra de nadie”. Es personal.

En ésta, mi Venezuela -cada quien en su vivencia- no hay forma de evitar que, por lo menos, de tanto en tanto, demos vueltas en círculos pensando si “nos quedamos o nos vamos”. Todos tenemos en algún momento la necesidad de poner distancia. Tanto los que emigraron, como los que nos quedamos aquí, nos mantenemos en una metamorfosis constante, donde nos reinventamos día a día como método para sobrevivir. No hay tiempo para un “¡Ay ay ay!”, porque, de cualquier modo, la vida sigue. Y nos empuja hacia adelante. Y lo que tenemos todos en común es algo que solíamos llamar “nuestro país”.

La sensación es muy extraña, porque los de aquí íbamos hacia adelante un día y de repente empezamos a ir en retroceso. Y los de allá encontraron ya que no hay nivel de vida que reemplace los afectos, el clima, nuestro idioma, el ser venezolanos. Y en esta suma de pérdidas, pareciera que la distancia nos lleva en su propia dirección. “No queda otra más que adaptarse”: la distancia nos lleva al volante.

Adentro nos acompaña la distancia de los nuestros y de lo que somos, mientras tratamos de descifrar esta nueva Venezuela, tan desconocida, tan desvencijada. Nos vemos en el espejo, solos, con toda esta distancia… y al mirar por la ventana, la quietud de la montaña, de nuestro Ávila, nos habla solo de recuerdos…

Sentirse deprimido en nuestro país lleva como signo la pérdida y la frustración. Hasta las necesidades más básicas son difíciles de satisfacer. Y esta impotencia del “no puedo” nos produce rabia y resentimiento. Y la frustración nos lleva a la culpa y de allí pasamos a la acusación y, al cruzar la esquina, de nuevo estamos instalados en el miedo… Y nos ponemos de mal humor: se impone el mal trato en la casa y en la calle. Nos peleamos por insumos. No hay sueldo para comprar lo básico. Con poca valoración, cualquiera puede terminar pensando: “No sirvo”. Y esta tristeza y esta depresión tan profunda, continuada, nos ha separado de gente muy querida: en viajes, despedidas, enfermedades… Incluso hasta el suicidio y la muerte.

Frustración, soledad, nostalgia… luchas de baja intensidad, guerras contínuas que no nos dejan descansar, donde el estrés no es otra cosa que esa estela silente que nos va dejado la separación de nuestros seres queridos. Lentamente, se nos esfuma la cohesión grupal y el apoyo social mientras seguimos en la lucha diaria, sin darnos cuenta que la procesión que va por dentro.

El miedo, el peligro, la indefensión, la vulnerabilidad socavan el equilibrio vital en las personas y en las comunidades.

Les comparto un escrito de Facebook de mi amiga Cindy Kovacs: “Qué feo es que de la noche a la mañana te arrebaten toda la vida. Te arrebatan tu seguridad, tu salud, tu dinero, tu familia, tus amigos, tu comida, tu ropa, tus viajes, tu felicidad, tu sanidad mental, tus costumbres… Lo más feo es tener que guapear y sonreír y tratar de seguir sobreviviendo para no darles el gusto de morir”.

De cualquier modo, vamos hacia adelante. Pero nos llega un momento en el que nada parece tener sentido. Es porque no hemos dejado de mirar atrás, cuando lo único real que tenemos es nuestro momento presente, la experiencia presente, por dura y difícil que sea. Solo es posible vivir aquí y ahora. Quien vive en el pasado o en el futuro simplemente no vive.

Sin embargo, no dejamos de sentirnos golpeados. Caemos a veces sin poder levantarnos y entonces sentimos que caemos más profundo… ¡y hasta perdemos la conciencia de la profundidad porque ya no podemos ver el fondo! Pero deseamos llegar a él, y en ese trayecto vemos cuantas partes de nosotros han muerto en el camino, incluyendo las que más amamos. Necesitamos mirarle a la cara a la mediocridad, porque a muchos nos cuesta creer que aún podemos hacer cosas maravillosas. Tal vez porque nos acostumbramos al dolor… y ahora hasta nos gusta. Quizás lo quisimos siempre así. Porque, sin eso, no nos sentiríamos personas reales. Tal vez nuestras heridas nos han enseñado algo. Nos recuerdan dónde hemos estado, lo que hemos superado y las lecciones a evitar en el futuro. Así pensamos… pero ¿es así? No. Algunas cosas tenemos que aprenderlas una y otra vez.

Solo afirmando lo bueno y lo malo que nos ha pasado, podemos impulsarnos de nuevo a la superficie y tocar la vida otra vez, logrando lo que parecía imposible: volver a contar con nosotros mismos. Volver a sentir que todo tiene sentido, y ver el camino que nos ha dado el tamaño de nuestra esperanza.

 

Irene Specht

 

Publicado en El Mismo Pais el domingo 10/06/2018